La Novia de Luc Dietrich

domingo, marzo 17, 2013

De cuando en cuando hay relatos, libros o cuentos que nos sorprenden por el saborcillo simbólico que nos dejan. Ese saborcillo nos dice que no es simplemente un texto más para entretener, tampoco una obra densa para pensar (con la cabeza), sino más bien una  ¿enseñanza? o lección para (sentir y) tomar en consideración y darnos cuenta de nuestro propio interior (lo cual estimo esa es la mejor enseñanza que podemos recibir).

Ese saborcillo, ese grato encuentro tuve con el cuento "La Novia"(1) del escritor francés Luc Dietrich (1913-1944) que espero ustedes también disfruten... Y descubran a ese "Otro" que todos tenemos y se animen a arrancarselo de encima.

Que tengan buena semana.

LA  NOVIA
Luc Dietrich

"Mme. Camors me saludó con una sonrisa, luego me dijo en voz baja:
—Sígame, él va a venir.
Me introdujo entonces en un dormitorio adornado con reps floreado, taburetes forrados, recuerpos de Dieppe hechos de con­chillas, falsos Saxe, un yeso que representaba a Santa Teresa del Niño Jesús y guarnecida de un gran lecho de cobre, cuyo edredón enseñaba su vientre rosado por entre los agujeros de una funda de tejido blanco.
Me hizo sentar en una de las tres sillas, se sentó frente a mí, me dijo:
—No se mueva. Él viene.
Entonces la puerta se abrió y sin ruido, porque llevaba pantuflas  avanzó un hombre vestido como todo el mundo, con los antebrazos cubiertos por mangas de lustrina. Era miope y buscaba, tanteando, su camino. Me tocó la frente sin decir nada y se sentó en la silla que quedaba libre, al lado de Mme. Camors.

Él comenzó volviendo hacia mí sus ojos saltones y sin mirada:
—Estamos resueltos a ayudarlo, pero nuestra ayuda no puede ser eficaz sino en caso de que usted realmente desee la cosa que ha perdido.
Preguntó, levantando el dedo:
—¿La quiere usted?
Y yo:
—No hay nada en el mundo que desee tanto.
—Si está probado que usted quiere, la cosa está hecha.
—¡Ay de mí! —dije—. La cosa no es tan simple. No depende en absoluto de que yo quiera. Es Lucrecia que ya no me quiere. Y yo le quedaría reconocido si me explicara cómo es posible que, habiéndome probado hasta ayer el amor más ardiente y habiéndose prometido a mí por toda la vida, suceda hoy que no me quiera más.
Y el otro, sibilino:
—Usted se equivoca. Ella no ha dejado de quererlo nunca. Pero un día, al volverse hacia usted para encontrarlo, se dio cuenta de que usted no estaba allí.
—Me habré explicado mal, sin duda. Nunca he faltado a su llamado  He contestado todas sus cartas. Y, a la primer alarma, me he precipitado a su casa, lo que, por otra parte, no hizo sino agravar el mal.
Él sacudió la cabeza:
—Lo siento rodeado de fuerzas contrarias. Tiene enemigos alrededor de usted, pero el más encarnizado es el que habita dentro de usted. Si no está ahí en este momento, es por nuestra presencia. Pero en cuanto usted se halle fuera de nuestro alcance, regresará. Usted no tiene que ignorar al Otro. Es Otro quien piensa en su cabeza, habla en su boca, obra con sus manos. Se sirve, él, de instrumentos que usted cree emplear en su construcción, por esto ella se desploma. Él ocupa los instrumentos que debería servirle a usted para echarlo. Mientras usted no desaloje al Otro, no habrá ningún éxito para usted. Por lo tanto, primero le ayudaremos a desalojar al Otro.
Y yo, inquieto:
—¿Esto durará mucho? ¿Cuándo podré escribir a mi novia? ¿Cuándo contestará ella a mis cartas?
—Eso dependerá de usted. De la voluntad que tendrá que hallar y poner en obra y de la calidad de su atención. Usted está dispuesto a hacer todo cuanto le prescribimos, ¿no es cierto?
—¡Oh, sí! —exclamé.
—Está bien. ¿Tiene usted el retrato de la joven? —preguntó Mme. Camors.
Saqué uno de mi bolsillo y se lo tendí.
Lo contempló un momento, se lo hizo tener a Él, quien lo contempló a su vez y luego me lo hizo devolver por ella.
Ella me explicó:
—Usted ve este punto entre los dos ojos, usted fijará en él la mirada todas las noches de diez a diez y cinco. Y durante esos cinco minutos usted se esforzará en pensar en esta persona y no pensar más que en ella, en despertar en usted los sentimientos generosos que una mujer puede esperar del hombre por quien es amada. Hacer de este modo que su cuerpo astral la alcance a través de la distancia y la persuada a volver a usted.
—¡Oh, sin duda, lo haré! —exclamé—. Me será sumamente fácil, porque todas las horas del día y de la noche sueño con este retrato. Tiene que haber otra cosa; no puedo creer en medios que me costarían tan poco esfuerzo.
Él habló:
—Veo que usted tendrá que establecer diferencias entre los brincos de la imaginación y las realidades espirituales. Sométase pacientemente a la prueba que le indicamos y experimentará sus efectos bienhechores. Si usted lo logra, el éxito no deja lugar a dudas, y yo estaría dispuesto a entregar mi vida en prenda de esta verdad de que todo le será dado si usted está en estado de recibir. Pero como usted lo dice, aparte de la voluntad y la atención  hay otra cosa. Hay que conocer y vencer las fuerzas que le son contrarias. Usted nos dará la fecha y la hora de su nacimiento y nosotros estableceremos el mapa del cielo; luego prepararemos, semana por semana, el calendario de los días que le son favorables y de los que le son nefastos.
"En los días nefastos, le aconsejaría no emprender nada, y hasta quizá permanecer en su habitación a fin de evitar accidentes. Le aconsejaría realzar la influencia benéfica de los días felices llevando en el ojal una rosa muy roja. —(Una rosa roja. Yo comprendí inmediatamente que él estaba en el secreto de las cosas y que sus remedios debían ser infalibles.)
Debía volver a verlos tres días más tarde, para recibir las pres­cripciones escritas y detalladas.
Se me ha ordenado no comenzar nada hasta entonces.
Sentí qué buena es la espera en la certidumbre, cómo alivia por un tiempo el horror de vivir y suspende en nosotros todo lo que no es esperanza.
Por fin, me dirigí a casa de Mme. Camors a la hora indicada.
Me entregó las prescripciones escritas con caligrafía de maestro de escuela, con títulos subrayados en rojo y azul, con estas palabras: "¡Muy importante!".
También me entregó, envuelto en papel de seda, un talismán confeccionado por Él, con esta intención particular.
Debía colgármelo al cuello.
En el umbral, me aseguró con emoción que él mismo concentraría su pensamiento en el objeto de mis deseos para sostener mi voluntad desfalleciente y dirigirla en su viaje.
Por fin, yo poseía una regla de vida.
Leí:

EMPLEO  DEL TIEMPO

Lunes. — Día neutro. Fijación del pensamiento a las diez de la noche.
Martes. — Día nefasto. No emprender nada. Fijación del pensamiento a las diez de la noche.
Miércoles. — Influencia benéfica de Venus..Llevar la rosa roja en el ojal desde las nueve y media de la mañana hasta las ocho menos cuarto de la noche. Fijación del pensamiento a las diez de la noche.
Jueves. — Fijación del pensamiento-a las diez de la noche.
Viernes. — Día nefasto. No emprender nada. Fijación del pensamiento a las diez de la noche.
Sábado. — Influencia benéfica de Júpiter. Llevar la rosa roja desde las diez de la mañana hasta las siete de la tarde. Fijación del pensamiento a las diez de la noche.
Domingo. — Fijación del pensamiento a las seis de la mañana, a las cinco de la tarde y a las diez de la noche.
N. B. — Está expresamente prohibido escribir, telefonear o visitar a la novia.

Cuando llegaron las nueve y media de la noche (había tomado la hora en el Observatorio) pensé que era tiempo de prepararme a lo que el mago de Mme. Camors parecía considerar como una prueba.
Corrí los cortinajes, me tapé los oídos con algodón, busqué la dirección de Champierre (Somme) con un mapa y una brújula, coloqué el retrato de Lucrecia de tal manera que mi mirada, al atravesar el retrato entre los ojos, llegara hasta ella y la golpeara de lleno.
Me acodé y comencé.
El primer impedimento que encontró mi atención fué la gra­nulación del papel fotográfico, que me recordó la leche cuajada que yo había colocado sobre el borde de la ventana, pero sin cubrirla, lo que me hacía pensar que la encontraría llena de hollín.
Me recobré y me excusé pensando que las diez estaban lejos todavía. Al mirar el reloj, comprobé, en efecto, que apenas ha­bían pasado unos segundos.
Retomé mi puesto entre los dos ojos, ensayando dar una especie de vida a esta imagen de cartón. Para lograrlo, miré todo el rostro, lo que produjo una neblina de la que salió el semblante nítido de la cajera del Paladium, a la que hacía la corte cuando vivía en casa de Arlette. "Yo no lo creo —decía mi cajera—, usted dice lo mismo a todas las mujeres."
Y como estaba en lo cierto, yo exclamaba:
"¿Yo? ¡Es completamente falso!"
Y ella me sonreía, invitándome a que siguiera mintiéndole. Puse fin a esa escena con un ¡Oh! de indignación. Miré con inquietud el reloj: habían pasado cinco minutos. Exclamé: "Si este es el momento que el Otro elige para hacerme pensar en otras mujeres, las cosas irán mal."
Entonces me puse a pensar en el Otro (aquel del que el mago dice que es mi peor enemigo). Pero si el Otro piensa en mi cabeza ¿cómo voy a saber quién me engaña, él o yo? Pero el mago no me dijo que pensara en el Otro, sino en ella: pero al decir esto, ha colocado al Otro entre ella y yo.
"Vete de aquí —dije al Otro—, quiero verla." Agarré el retrato con ambas manos y le eché una mirada colérica como si estuviera aferrando al Otro por la garganta y me aprestara a morderle la nariz.
Entonces fué cuando descubrí que no había un Otro, sino tres Otros, diez Otros, doce Otros, veinticuatro, treinta y seis, trescientos sesenta y cinco Otros: un marabú desplumado con una quilla de pelos enrulados; un macho cabrío inconveniente con un sauce llorón por cabeza; un tintero rugiente con patas de león; un cocodrilo que devoraba brioches, un ojo aislado sobre patas de araña, una lengua parlanchína bajo una cola de mono. Y detrás de éstos, que ocupaban los primeros palcos, chapoteando y graznando, la muchedumbre oscura y mezclada de decapitados, de mancos, de lisiados, de hombres troncos, de acuclillados, de derribados, con sombreros, apestados floridos y con guantes nuevos.
"¡Demonios! —exclamé—. Esto no marcha, no me quedan sino cinco minutos para concentrarme."
Abrí precipitadamente la puerta y la ventana para airear la pieza y para echar a los Otros.
Metí la cabeza en agua fría, hice gárgaras, me lavé los dientes y luego, de repente, al mirar el despertador me precipité hacia mi reclinatorio, sacudiendo la mesa y haciendo caer el retrato. Perdí cuatro o cinco segundos en recogerlo. Y entonces comencé a decirme:
"Sí, pero ahora yo no empiezo a las diez, sino a las diez y quince segundos, dieciséis segundos, diecisiete segundos. Y el mago me dijo que comenzara a las diez. No puedo recuperar esos veinte segundos perdidos; si esta clase de cosas que es ritual y debe enseñarme la puntualidad comienza ya por una inadvertencia y una torpeza, ¿en qué desorden va a precipitarme?
"Tengo miedo de que, si insisto, haga la figura de aquel que se obstina en el error.
"Pero, por otra parte, yo no insisto, ya que no he empezado siquiera a juntar mis pensamientos. Ya han pasado dos minutos y medio y he pensado en todo menos en ella. Sin embargo, nada me es más fácil que pensar en ella cuando no me lo propongo. ¿Por qué no puedo hacerlo cuando lo quiero? ¿Por qué no puedo querer mi pensamiento? Esto está completamente claro. Porque mi pensamiento no me pertenece, es Otro el que piensa, como lo ha dicho el mago. Pero, evitemos ahora pensar en el Otro. Para evitar un obstáculo, hay que pensar en el obstáculo que se quiere evitar. ¿Cómo puedo evitar pensar en el Otro, sin pensar en él?
Ahora todo está perdido, son las diez y cinco."

FIN


Grete Stern - Sueño 28, amor sin ilusión, 1951 Light of Modernity in Buenos Aires, 1929-1954 Don't snap at ME Mister!


(1) Tomado del libro "Mosieur Gurdjieff" (Librería Hachette, Buenos Aires. 1965) de Louis Pauwels que a su vez el autor extrajo de L'Apprentissage de la Ville, ediciones Denoel.

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