El Príncipe y el Mago de John Fowles

sábado, enero 17, 2015

En la parte final del libro "El Mago" de John Fowles, el protagonista se encuentra con un extraño y breve cuento de hadas que le da mucho sentido a lo que ha vivido hasta ese momento, pero que también hace parar las antenas al lector intrigado por la trama del relato.

El cuento no afecta en nada la historia del libro y se puede leer independientemente de él.

A continuación el perturbador cuento de hadas y luego una reflexión.

El Príncipe y el Mago

John Fowles



Érase una vez un joven príncipe que creía en todas las cosas menos en tres. No creía en las princesas, no creía en las islas y no creía en Dios. Su padre, el rey, le dijo que nada de eso existía. Y como no había en los dominios de su padre princesas ni islas, ni tampoco señal alguna de Dios, el joven príncipe creyó lo que su padre le decía.

Pero un día el príncipe se escapó de palacio. Y llegó al país vecino. Allí se quedó asombrado al ver islas desde todas las costas. Y, en esas islas extrañas, criaturas a las que no se atrevió a dar su nombre. Cuando buscaba un barco, un hombre vestido de etiqueta se le acercó y el príncipe le preguntó:

- Eso que hay ahí, ¿son islas de verdad?
- Claro que son islas de verdad – dijo el hombre de traje de etiqueta.
- ¿Y qué son esas extrañas y turbadoras criaturas?
- Son todas ellas princesas auténticas.
- Entonces, ¡también Dios existe! – exclamó el príncipe.
- Yo soy Dios – repuso el hombre vestido de etiqueta, haciéndole una reverencia.

El joven príncipe regresó a su país lo antes que pudo.

- De modo que has regresado – le dijo su padre, el rey.
- He visto islas. He visto princesas. Y he visto a Dios – le dijo el príncipe en son de reproche.

El rey no se conmovió en absoluto.

- Ni existen islas de verdad, ni princesas de verdad ni Dios de verdad.
- ¡Yo lo he visto!
- Dime cómo iba vestido Dios
- Dios iba vestido con traje de etiqueta.
- ¿Te fijaste si llevaba arremangada la chaqueta?

El príncipe recordó que, efectivamente, así era. El rey sonrió.

- Eso no es más que el disfraz de los magos. Te han engañado.

Al oír esto, el príncipe regresó al país vecino, fue a la misma playa y encontró una vez más al hombre que iba vestido de etiqueta.

- Mi padre el rey me ha dicho – dijo el joven príncipe con indignación – quién es usted en realidad. La otra vez me engañó, pero no volverá a hacerlo. Ahora sé que eso no son islas de verdad ni princesas de verdad, porque usted es un mago.

El hombre de la playa sonrió.

- Eres tú, muchacho, quién está engañado. En el reino de tu padre hay muchas islas y muchas princesas. Pero como estás sometido al hechizo de tu padre, no puedes verlas.

El príncipe regresó pensativo a su país. Cuando vio a su padre le miró a los ojos.

- Padre, ¿es cierto que no eres un rey de verdad, sino un simple mago?

El rey sonrió y se arremangó la chaqueta.

- Si, hijo mío, no soy más que un simple mago.
- Entonces, el hombre de la playa era Dios.
- El hombre de la playa era otro mago.
- Tengo que saber la verdad auténtica, la que está más allá de toda magia.
- No hay ninguna verdad más allá de la magia – dijo el rey.

El príncipe se quedó muy triste.

- Me suicidaré – dijo.

El rey hizo que por arte de magia apareciese la muerte. La muerte se plantó en el umbral y llamó al príncipe. El príncipe se estremeció. Recordó las bellas aunque irreales islas y las bellas aunque irreales princesas.

- Muy bien – dijo -. Creo que puedo soportarlo.
- Lo ves, hijo – dijo el rey – También tú empiezas a ser mago.
...

Lo primero que se me vino a la mente al leer el cuento de hadas, fue su similitud con la "Parábola del Mago y las Ovejas" de Gurdjieff, lo que me indica la influencia de Gurdjieff en John Fowles (1).

Luego vienen las lecturas que uno hace del cuento, que si bien hay varias que tocan al libro "El Mago" en si y a su protagonista, hay otras cuantas que nos incumben directamente a nosotros. No pretendo hablar todas las lecturas que nos da el cuento -ya que hay muchas que se me escapan- sino, mas bien, en enfocarme en una que -a mi juicio- es muy significativa e importante: La diferencia entre lo que uno cree que es realidad y la realidad misma.

El príncipe creyó siempre en lo que su "padre" decía (no existe ni dios, ni las princesas y ni las islas), pero cuando encuentra las islas, la princesa y al mago-dios descubre que lo que él creía no era real. Entonces confronta a su padre (que resulta ser un mago) para finalmente ya no saber que es y no real provocando la misma incertidumbre en nosotros.

La sensación de no saber que es real, que es cierto, que es verdadero, lejos de lo que nuestra actual sociedad piensa, no es algo terrible. No hay mal en dudar de lo que hasta nuestro ojos ven e indica una inteligencia no necesariamente intelectual, sino -en cierto sentido- pragmática y más cercana a descubrir lo que la mayoría ni sospecha.

Nuestro gran problema es que "creemos" en lo que los demás nos dicen, al igual que el príncipe que creía ciegamente en lo que su padre le decía. Y esa forma de pensar (o actuar o vivir) nos lleva a dos posibles conclusiones: que nos volvamos marionetas del que nos dice "su" verdad o bien que cuando descubramos "otra" realidad (que no necesariamente sea lo REAL) nos desilusionemos de la "falsa" realidad en que vivimos y nos volvamos contra lo que antes era para nosotros la verdad absoluta.

Ahora bien, ¿Creemos en Dios por qué un religiosos nos lo dijo? ¿por qué nos lo enseñaron nuestros padres? ¿o somos ateos por que lo leímos o escuchamos a alguien que admiramos? ¿o la ciencia lo estima así? ¿o por los crímenes de la Iglesia que nos hacen negar al Dios que ellos tanto predican?

¿Creemos en la verdad oficial de los periódicos y gobierno? ¿o en la verdad de la oposición y web alternativas?

¿Izquierda o derecha?

¿Ciencia o religión?

¿Historia o pseudo historia?

Para mi ambas posturas son estúpidas, ambas responden a un condicionamiento del cual somos pasivos receptores y que (al igual que una esponja) absorbimos-creemos en lo que tenemos alrededor (o somos condicionados por el entorno). En concreto nada nos consta realmente (y cuando digo realmente, no me refiero a argumentos como "lo leí", "me lo dijeron", "es lo que creo", etc.), convirtiéndonos en un príncipe que o bien aun no "despierta" y la palabra de su "Padre" es real o bien en alguien que no sabe a quien creer realmente.

Ahí es cuando descubrimos que la máxima de Sócrates «Solo sé que no sé nada» ha sido usurpada por «Solo sé lo que me dicen que sé».

¿Y entonces que podemos hacer? ¿Existe una solución para esto?

Pues si, y el cuento lo dice claramente: "...empezar a ser mago".

Afiche para Wallace el mago

(1) La Parábola del Mago y las Ovejas merece una entrada propia, por lo que no la analizaremos en esta ocasión, aunque para los que la quieran conocer, la dejo a continuación tal y como aparece en el libro "Comentarios Psicológicos sobre la enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky" de Maurice Nicoll:
"Hay un relato oriental que se refiere a un mago muy rico que tenía muchas ovejas. Pero al mismo tiempo ese mago era muy tacaño. No quería contratar pastores, ni tampoco levantar un cerco en torno de la pradera donde sus ovejas pastaban. En consecuencia las ovejas se extraviaban muchas veces en el bosque, se caían en los barrancos, y sobre todo se escapaban porque sabían que el mago deseaba su carne y su piel, y esto no les gustaba. Por último el mago encontró remedio a esta situación. Hipnotizó a sus ovejas y primero les sugirió que eran inmortales, y que despellejarlas no les haría ningún daño, que, al contrario, lo hacía para su bien y era hasta agradable; segundo, les sugirió que el mago era un buen amo, que amaba tanto su rebaño que estaba pronto a hacer lo imposible para sus ovejas; y tercero les sugirió que si alguna vez algo les sucediera, no tendría lugar en ese mismo instante, o al menos en ese día, y que entonces no tenían necesidad de pensar en ello. Después el mago les sugirió que no eran ovejas en absoluto; a algunas les sugirió que eran leones, a otras que eran águilas, a otras hombres, y a otras magos. Y después de esto, todas las inquietudes y preocupaciones que le causaban las ovejas terminaron. Nunca más se escaparon sino que esperaban tranquilamente el momento en que el mago necesitaría su carne y sus pieles".

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