El Cazador y la Presa

lunes, marzo 07, 2016

El Cazador y la Presa

Jack, el cazador, se adentró en el bosque usando su escopeta como si fuera una varilla mágica que lo guiara al cubil del lobo. Esa noche de luna llena ayudaba a iluminar un poco más el oscuro lugar. Tenía mucho miedo y cada sonido que dejaban sus pies sobre hojas crujientes le erizaba los pelos de la nuca y aceleraba su corazón, cual tambores de guerra.

El lobo había atacado reiteradamente la aldea y sus alrededores cobrándose la vida de cinco campesinos en los últimos tres meses y no estaba dispuesto, pese a que el terror reinaba en el lugar, a dejar que su esposa o sus hijos fueran la próxima comida del animal.

Sigilosa, la loba, observaba al humano ir torpemente entre los árboles con un extraño palo que reconocía como peligroso. Y pese a que su instinto le impulsaba a lanzarse sobre el cuello del hombre, algo extraño -pero no desconocido- la obligaba a no atacarlo. Decidió esperar; su camada, lejos del bosque, no corría peligro.

Fue el ruido provocado por uno de los campesinos, con su pesada hacha cortando las ramas de los árboles, que sorprendió al cazador y la loba, quedando esta última al descubierto y a la vista del humano.

Jack sin vacilar levanto su arma y disparó, hiriendo al animal en uno de sus costados. Pasado el impacto inicial, casi al instante, aprovecho el campesino para golpear con su hacha una de las patas de la loba y cercenando su extremidad delantera, dejó a la bestia sangrante, confusa, coja y muy enfurecida.

El largo y salvaje aullido de la loba ayudo a mitigar su dolor y una extraña y cálida sensación —semejante a cuando se oculta la luna llena— la hizo huir del lugar en busca de su camada débil e indefensa.

La dirección tomada por la tambaleante y herida bestia hizo gritar de terror a Jack, quien no pudo evitar imaginar la grotesca escena de su esposa e hijos despedazados vengativamente por la loba.
La larga y angustiosa carrera del cazador tras la bestia fue interrumpida por unos pequeños y conocidos gritos infantiles. Tardo tres minutos más en llegar a su hogar.

Sin esperanzas ingresó angustiadamente al lugar. Sus tres hijos, sanos y salvos, abrazados y llorosos corrieron a los brazos de su padre. Mientras que, a unos pocos pasos de la puerta, su esposa, desnuda, cubierta de sangre y con su brazo cortado a la altura del codo, yacía muerta sobre el piso de madera de la cabaña.

Antigua Ilustración

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